lunes, 31 de marzo de 2014

''¿Hay algo más triste que un pájaro enjaulado?''

Yo era parte de la tierra,
me convirtieron en alambre
y ahora mi función
es encerrar un fiambre.

Un fiambre que canta,
que pía, que siente.
Que ya no puede volar,
dentro de su recipiente.

Y de repente no hubo más cantos,
sacaron de mi vientre al pájaro,
con el sonido de algunos llantos.

Como el viento que no llegó sus alas a herir,
vaciada me dejaron
¿y esque acaso me inventaron
porque siempre tiene alguien que sufrir?

Algo suave que atrapar.

Se sucedían sin más los días y las noches,
en ellas muchos me han acompañado,
algunos llenos de halagos, otros de reproches,
el caso es que siempre he continuado.

Algo parecía que había llegado,
el punto en que veía como todo eran derroches,
que el mundo iba a la deriva, por un lado,
y yo gritaba a oscuras en mis trasnoches.

La vida no cambiaba su curso, os lo juro,
era fácil sobrevivir cuando llevas un cigarrillo de más
cuando a tu alrededor nada es puro,
y entonces tú tampoco tienes que serlo, como los demás.

¡Pero! ¡Ha llegado un pero!
Y no quiero decir que lo mío no sea bueno,
solo que a veces me desespero,
y me ha encantado que a mi soledad le pongan freno.

Amanece, o eso parece, y el horizonte
se crece y se engrandece, hoy no perece.

Rigor vitae

Los habitantes del mojado planeta Ung no eran más que una especie casi extinta de algas que tenían unas capacidades que podríamos catalogar de alucinantes. Exactamente por esas capacidadeds eran de las únicas criaturas que habían continuado con vida hasta después de la Gran Catástrofe, a pesar de que, cuando todavía quedaba más de una raza en Ung, estas algas eran consideradas seres inferiores. Eran un tipo de alga escamosa azul cuyo único cometido en la vida era mecerse en el mar, siempre soñando con el lenguaje... De hecho, solían pasar los días pronunciando palabras al azar solo porque les hicieran cosquillitas en las branquias o les hicieran retumbar su cuerpo gelatinoso. Su virtud, la que les había salvado de la catástrofe que dejó a Ung en ruinas, era que cada vez que había más de tres de esas alguitas, y siempre que fueran capaces de recordar las tres el mismo poema, podían volar hacia donde quisieran, mientras sus diminutas voces recitaran al unísono. Y hoy os quiero contar la historia de tres de esas alguitas y del viaje tan enorme que dieron hasta llegar a nuestra Tierra, solo que unos cuantos millones de años más atrás de lo que estamos ahora.
         Nuestras algas azules se llamaban Zafirenze, Añíleo y Cerúlian. Como es normal, todas las algas tenían nombres palpitantes y cargados de vida, y tenían los ojos garzos. Estos tres alguitos, porque eran macho, se conocían desde hacía infinitos lustros, tanto es así, que podían conocer perfectamente cientos de miles de poemas, no solo de su planeta, sino de los planetas de alrededor que poseían vida.
Zafirenze estaba especializado en vocalizar los sentimientos que mostraban las arenas de los desiertos; le parecían las más hermosas, y podía pasarse horas hablando de la cotidianidad que escribían las dunas y de las épicas gestas que narraban las tormentas de arena. Todas esas historias se borraban rápido en sus respectivos planetas, pero no se iban tan rápido de la memoria de Zafirenze.
Por el contrario, Añíleo se mostraba más inclinado a escuchar, más que a ver, y por eso le encantaban pasarse horas con los ojuelos cerrados escuchando todos los lamentos, las alegrías y los entusiasmos de cualquier ser del Universo. Para él, cualquier sentimiento, viniese de la raza que viniese (¡incluso aunque viniese del clamor jubiloso de unos reptiles que ya tienen presa!) era poesía.
         La historia de Cerúlian era un poco más complicada, pues es la que unió a las tres algas. Resulta que Cerúlian, cuando surgió del suelo, no era como el resto de algas azules. A él, no le gustaba el lenguaje, por mucho que sus compatriotas se esforzaran en que él captara la belleza. Siempre estaba solo. Siempre, hasta que un día Zafirenze y Añíleo se acercaron hasta él. No le contaron poemas, pero nadaron a su lado mucho tiempo, ante la atenta y escrupulosa mirada de un Celúrian tal vez un poco miedoso. Las dos algas nuevas no hablaban entre ellas, sino que parecía que cantaran, y esto a nuestra alguita le gustó, y les pidió que les enseñaran a tonada. Con ella, las tres se pusieron a volar, aunque no fuera estrictamente un poema. Volaron durante bastante tiempo, siempre con las alas del lenguaje musical, siempre sintiendo esas seis o siete notas en su piel, tarareando con todas y cada una de sus ciento setenta y ocho boquitas. Volaron y volaron hasta que empezaron a cansarse, y entonces se dirigieron hacia el planeta más cercano para descansar. Se trataba de un planeta recubierto de agua y humo marrón. No parecía que hubiera nada vivo en él, así que fueron hacia las partes terrestres para explorarlo.
      Encontraron algo en el primer suelo que pisaron. Era una especie de rectángulo duro lleno de otros rectángulos, muy muy finos, que estaban recubiertos de garabatos. Zafirenze fue quien lo cogió, y no puedo entender nada, pensó que sería algo decorativo, así que se lo tiró a Cerúlian para que le echara un vistazo.
Allí fue donde Cerúlian aprendió que sí amaba el lenguaje, solo que el que amaba era el lenguaje de unas criaturas extintas. Un lenguaje escrito, que sus ojos podían descifrar y leer al resto de algas que no podían. En cuestión de segundos el mundo se abrió ante sus ojos, su vida cobró un sentido se sintió como en la cima de una montaña libre... Y de repente se despeñó: su maravilla era finita.
En aquel planeta habían muerto todos menos los poetas... ¡y ni siquiera ellos sobrevivieron enteros!

martes, 25 de marzo de 2014

Físicamente hablando.

Quería escribir una gilipollez que no me cabía en un tuit, así que aquí va xD

Todos tenemos defectos,y están presentes en nuestra vida en mayor o menor medida, de forma que hay gente que sabe convertir los defectos en bromas y gente que sabe convertirlos en complejos. Ante esto, lo que quiero decir es que la gente no te aprecia por tu normalidad o por lo mucho que te parezcas a un estándar agradable a la vista o al oído; opino que la gente quiere a las personas por sus distinciones. ¿Te reconocen porque eres la chica que lleva el pelo como las otras mil o porque tienes la nariz pequeña? El individuo quiere al individuo, y aunque sí que considero necesarias nociones básicas de educación y respeto, no comparto el criterio que tenéis sobre ser perfectos para el resto. Enorgullécete de tus rodillas torcidas, de tu culo de foca o de tus costillas como jaulas. Enorgullécete de aquello que no puedes o no quieres cambiar, porque cada uno tenemos unas convenciones propias sobre el físico.

martes, 18 de marzo de 2014

Amor platónito.

¿Te crees que el adoquín gris de la acera no piensa en ti cada vez que le pisas?
Malditos humanos, siempre pensando en sus cosas, siempre apareciendo y desapareciendo, siempre pensando que son los únicos que sienten... Maldita sea, si pensara en todas esas personas que han pasado por encima de mi grisácea persona y al instante se han olvidado de mí, es más, que ni siquiera han reparado en mi presencia, ¡estaría roto en pedazos como muchos de sus corazones!
       ¿Cuántos gritos desesperados de borrachos, poetas, madres, muchachas, jóvenes y ancianos habré tenido que escuchar a intempestivas horas de la noche? ¿cuántos putos refrescos se os han caído encima de mi cara? ¿a cuántos de todos esos melancólicos les ha dado por comparar a mi hermosa, cuadrangrisácea y sexy figura con su estúpida vida anodina? ¿a cuántos jodidos perros me hubiera gustado escupir desde abajo?
 Podría contaros mil historias, pero nunca queréis escuchar aquello que nunca deja de sosteneros...
Y sin embargo, hoy me muestro reacio a callar. El estúpido ayuntamiento ha empezado a quitar de mi calle a mis compatriotas ladrillos sin color, a mis hermanos de batalla... Y yo sé que seré el siguiente.
Y justo por esa razón, por haberme considerado un viejo inválido, pienso sentarme a contar mis historias como el buen cascarrabias en el que me han convertido. Así que cerrad bien la boca y escuchad bien lo que os digo, panda de cazurros, que a lo mejor incluso os sirve. 
En fin, el caso es que en mi larga vida como adoquín he visto a muchos humanos enamorarse. Y no me digáis que lo único que se puede ver del amor es un beso o un abrazo porque entonces es que no tenéis ni idea de lo que vale un pimiento. Además de que mi historia sería demasiado corta.
Como os iba diciendo, panda de quejicas alborotadores, en mi calle siempre había un niño que todas las tardes salía a mirar el horizonte. En realidad no es un niño muy especial pero creo que he visto nacer en mi calle todos sus amores.
Creo que el que más me gusta fue el tercero o el cuarto que tuvo. Empezó a venir por nuestra calle gris una chica que tenía el pelo naranja. Todavía recuerdo ver en la cara del niño las chiribitas de su corazón prendiéndose al ver que había alguien con el mismo color que su amado horizonte. La niña empezó a pasar todos los días por allí, y eso que ni se decían una palabra. A mí me parecían estúpidos porque pasaron meses así, mirándose.
La verdad es que no sé si hablarían por esos trastos que tienen los humanos o por alguna otra cosa de ese estilo, pero el caso es que cada vez que se veían lo hacían con vergüenza, pero altos... ¿No me entendéis, idiotas? Me refiero a que la niña ponía un pie en mi calle y él ya estaba girando la cara para mirarla de reojo. Ponía un pie en mi calle y los dos bajaban un poco la cabeza, pero los dos llenaban el pecho de aire y os puedo jurar que hasta yo oía sus corazones galopar como aquel día que hubo feria y trajeron caballos de los campos para que guiaran carruajes. Me gustaba llamarlo amor platónito, porque los dos se enrojecían y abrían la boca como peces, pero ninguno se atrevía a hacer una mierda. 
Si me hubieran preguntado si se gustaban el uno al otro, en vez de preguntárselo a esas estúpidas margaritas egoístas, permitiéndome cierta licencia poética, os digo que hubieran podido hacer juntos una bonita canción con el sonido de sus corazones.

El día que no tuvo tu nombre.

El aire no estaba viciado,
tampoco su pelo enredado;
a mi sirena le han crecido alas rosas
y ha decidido marchar.

Aquí ya no huele a sonrisas,
tampoco acaricia la brisa;
y cuando me decido mirar su huequecito
me encojo, y me meto en él.

En ese hueco a mi medida,
te echo en falta en desmedida.

jueves, 13 de marzo de 2014

Los cuentos desos del campo.

El sol brilla como una margarita
las manzanillas huelen a flor
Helenita es un amor
¡ella es la más bonita!

A veces el invierno la enfría
y la tontuna se piensa
que todo es hielo en ella
Pero solo hace falta que ría

Porque su sonrisa es la primavera
y todo lo descongela.

Es tan grande que es pequeña,
es tan dulce que muerde,
es tan frágil que es la más fuerte,
¡ella es la que sueña!