https://www.youtube.com/watch?v=-aaK2_8Vj3Q
Desde esta punta del mundo no sé
si escuchas que le grito tu nombre a la Luna
echo de menos la cuna de tu cuerpo y tal vez,
si me rompo suficiente encuentres la ruta
hecha de lágrima y piel.
¡Vuelve conmigo! ¡Vuelve conmigo otra vez!
Que mi corazón se ha salido a buscarte y me encuentro aquí sola de pie
y desnuda queriendo tu besos,
y desnuda queriendo tu hiel.
¡Vuelve conmigo otra vez!
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martes, 27 de septiembre de 2016
domingo, 14 de agosto de 2016
(Insertar canción: soledad)
Así pues, siguiendo las bases sobre la Libertad que propone Eric Fromm en su libro El miedo a la libertad, el mayor temor del ser humano es el aislamiento (como ya supuse con 11 años cuando me preguntaron sobre mis fobias en aquel primer campamento), porque supone una desintegración intelectual. Pero, ¿por qué sucede esto? ¿Por qué necesitamos al otro para definir nuestra identidad? ¿Cuál es el sentido de esta negociación?
Remontándonos a la infancia, a la pureza, a aquello que es guiado sobre todo por instintos básicos; encontramos que el individuo está condenado. Nuestro niño inocente no es nadie comparado con un mamut, frente a una serpiente venenosa o contra cualquier tipo de planta indigerible. Así pues, los humanos necesitan un grupo que sea el portador del conocimiento y la fuerza para hacer frente a todas las adversidades. Se unen, por la supervivencia. ''La amenaza más seria para la vida del niño es el ser abandonado a sí mismo''.
Si esto viene escrito en nuestro código genético, intrínseco en la más profunda y primitiva parte de nuestro ser, ¿cómo no va a afectar a la razón? ¿Cómo nuestra perspectiva va a cambiar cuando tenemos a fuego escrito que yo no soy sin el otro? Solo somos una serie avanzada de mamíferos... Aunque en la sociedad antropocénica en la que estamos el individuo pueda valerse por sí mismo, el genoma no lo ha asimilado. No importa lo mucho que el niño pueda disparar una pistola contra el mamut; no podrá deshacerse del miedo perentorio a estar solo.
Entonces, sabiendo que la individualidad es algo rechazado desde las mismas entrañas que nos gobiernan desde el subconsciente, ¿cuáles son las ventajas de la libertad ahora que tenemos la capacidad de elegir? (Otro día proseguiré discurriendo sobre las luchas de sumisión y dominación).
Tania, la original, sin gluten.
martes, 9 de agosto de 2016
Los días con nombre y sonrisa (u Honestany is the best Tany)
Al final del día deberían enseñarnos una grabación mostrando todo lo que conseguimos inspirar. Me refiero a cómo afectamos a la gente incluso sin darnos cuenta. Cómo unas palabras, una sonrisa o un grito donde otros no lo esperaban, moldean a las personas. Nosotros, los caminantes del camino que vamos pensando que no tenemos ningún tipo de incidencia en el mundo real, descubriríamos todo lo que creamos sin querer. Creo que es el mejor tipo de karma.
Ejemplo 1, el que le da nombre al texto
Caminaba triste, sumergida en las dudas sobre si había hecho lo correcto o si, dejándome llevar por la sinceridad, había causado más daño que de cualquier otra forma. Entonces, recibí un mensaje que me calmó bastante, como un mantra gracioso. Honestani is the bestani, y no ha nada que temer al respecto.
Ejemplo 2, el de la Reina de los Mares
En el autobús escuché a hurtadillas a una mujer de unos 40 años contarle su vida a un chaval de unos 20 que no parecía muy contento con el asiento sin insonorizar que le había tocado. Resultó que ella era de Tánger, y lo que más, más, sin duda alguna, añoraba era el mar. Se adentraba en el agua, levantaba sus brazos y, cerrando los ojos, esperaba a que la siguiente ola le chocara las palmas. Se reía al contarlo mientras el chico que se sentaba a su lado suspiraba hastiado. Esa mujer no es consciente de que ahora está aquí escrita.
Ejemplo 3, el de supermercado
Al salir del mercadona esta mañana, iba con una manzana y con un plátano en la mano que iban pronto a convertirse en mi desayuno. En la puerta, sentada, había una joven negrita con una
cara que se iba poniendo más triste con cada mirada de compasión que le dedicaba la gente al pasar. Creo que, más que le diese una fruta, lo que le hizo poner esa sonrisa, fue que la mirase a los ojos y, por señas, le diese la capacidad de elección.
Puede que luego tirase la fruta. Pero, si es así, ¡qué buena actriz! Me quito el sombrero ante su inocencia.
Conclusión: los humanos son un tesoro, y todos tenemos el asombroso poder de que, cuando alguien se siente inseguro, reafirmamos su forma de pensar, sentir y actuar.
P.D.: https://www.youtube.com/watch?v=LSHygiOnwTA
sábado, 30 de julio de 2016
Where's my home now? or About instinct
Renacuajillo nació,
nadó, nadó, nadó
porque se lo decía su instinto
en una pupa se encerró;
no le parecía distinto.
No-Tan-Renacuajillo lloró,
huyó, huyó, huyó
se perdió en el laberinto
su hermano lo repudió;
sin parecérselo, fue sucinto.
Ranita saltó,
el aire sintió, sintió, sintió
y se tumbó en un jacinto
la felicidad lo colmó;
se lo cargó la libertad en su cinto.
P.D.: https://www.youtube.com/watch?v=Al4X9wOL5BM
Y sí, sé que los que se meten en pupas son sobre todo las mariposas, pero no sabía cómo denominar al hecho de que le vayan saliendo las patas.
nadó, nadó, nadó
porque se lo decía su instinto
en una pupa se encerró;
no le parecía distinto.
No-Tan-Renacuajillo lloró,
huyó, huyó, huyó
se perdió en el laberinto
su hermano lo repudió;
sin parecérselo, fue sucinto.
Ranita saltó,
el aire sintió, sintió, sintió
y se tumbó en un jacinto
la felicidad lo colmó;
se lo cargó la libertad en su cinto.
P.D.: https://www.youtube.com/watch?v=Al4X9wOL5BM
Y sí, sé que los que se meten en pupas son sobre todo las mariposas, pero no sabía cómo denominar al hecho de que le vayan saliendo las patas.
sábado, 23 de julio de 2016
Un viejo escrito
Una vez en el colegio nos pidieron que todos hiciésemos una cajita con cartulina y que dentro escribiésemos en una palabra o sintagma corto qué éramos. Yo hice mi cajita como todos los demás, y las llevamos a la misa, dejándolas todas frente al altar. Allí el cura nos explicó que estas cajitas inmaculadas que nos identificaban representaban la realidad de nuestra vida humana, de nuestra gracia: la gente nos podía ver por fuera, pero solo aquellos que se atrevieran a abrir la gente descubrirían quién éramos realmente; descubriría el tesoro.
Mi cajita estaba llena de sintagmas por fuera. En cada una de las caras del cubo había un mensaje de mi personalidad tan importante como el resto: ''soy mi genética'', ''soy lo que otros hicieron de mí'', ''soy lo que no dejé que otros hicieran de mí''... Sin embargo, por muy filosóficos que me pareciesen los axiomas que la habitaban, por dentro solo era una cajita vacía que no valía la pena abrir (o así me sentí).
Hoy veo que soy tan exuberante que solo unas palabras nunca hubieran podido cristalizarme dentro de una caja: el Big Bang explotó y en el medio no quedó nada, ¡solo la expansión!
Yo no soy ninguna caja.
P.D.: https://www.youtube.com/watch?v=hiSzo82Gbzc
viernes, 22 de julio de 2016
Amarillo lion
A lo largo de kilómetros y kilómetros se extendía un océano seco. Todos lo matices del cálido amarillo se arremolinaban formando pastizales, arbustos e incluso animales que se camuflaban pacíficamente con el ambiente. A lo lejos, unos baobabs de enormes troncos se recortaban contra el azul del cielo formando un círculo protegido; en medio de él, había un león de colores parduzcos que se acercaba con parsimonia a un grupo de herbívoros.
Todavía lejos del grupo, el león abrió sus fauces en un inmenso bostezo. De su boca salió disparada una lengua de camaleón. La pobre gacela nunca había sido presa ni partícipe de una cada de semejantes estándares. En un bocado, su perplejidad dejó de tener lugar.
jueves, 21 de julio de 2016
En noches de verano, el aliento de los ángeles es cálido
Pre data: Fuera de este mundo excesivo al que nos transportamos cuando nos invade la inspiración, ¿no os apena pensar que los humanos se inspiran e inspiran, y ninguno conocerá plenamente al otro? En fin, que me he levantado hoy positiva lo que se dice.
Pre pre data: Este año he tenido algunos acercamientos a la poesía china que han impactado en mí en cierto modo. Entre las anotaciones sobre el paisaje de Gong Bilan y lo que dijo Su Dongpo (Su Shi) sobre Wang Wei de que en sus versos se veían pinturas y en sus pinturas se leían versos, me han animado a que, cuando la inspiración me enseñe imágenes que yo no quiera pintar pero sí escribir, que las escriba sin más, sin necesidad de una descripción detallada ni de una acción que los embargue más que la visión. Ni recorrerlos, ni sentirse temeroso por ellos, ni adorarlos. Aquí ganó el deleitare al docere. Allá vamos, desvaríos.
Pre pre data: Este año he tenido algunos acercamientos a la poesía china que han impactado en mí en cierto modo. Entre las anotaciones sobre el paisaje de Gong Bilan y lo que dijo Su Dongpo (Su Shi) sobre Wang Wei de que en sus versos se veían pinturas y en sus pinturas se leían versos, me han animado a que, cuando la inspiración me enseñe imágenes que yo no quiera pintar pero sí escribir, que las escriba sin más, sin necesidad de una descripción detallada ni de una acción que los embargue más que la visión. Ni recorrerlos, ni sentirse temeroso por ellos, ni adorarlos. Aquí ganó el deleitare al docere. Allá vamos, desvaríos.
https://soundcloud.com/van17ino6 s4nt4 4ureli4 (si no os sale bien el enlace en bancamp simplemente poned VAN17INO6 que es el artista y sale el primero porque es su último disco).
Dependí de que otra persona me hiciese sentir viva, y cuando dejó de hacerlo, huí.
Huí aplastada por las circunstancias, como si, otra vez y también por primera vez, descubriese la vida y su significado; arrasada por las lágrimas. Me encerré en una montaña, lejana de todo el mundo a estas horas de la noche, y contemplé a lo lejos la ciudad que, pretendiendo estar dormida, tenía sus mil ojos reluciendo. Tan lejos de la vida, con esa inmensidad oscura de por medio, solo podía mirar. Las farolas palpitaban a lo lejos, desafiando a la negra noche negra, con los oídos taponados por mi propia insignificancia.
En mi eterna soledad efímera, yo no era yo, pero tampoco era otra cosa ni otra persona. En lo alto de mi oscuro faro agreste oteaba el confín del mundo, y sentía cómo me aplastaba el todo camuflado por un sentimiento plácido de libertad. No hay preocupaciones, no estaba. El murmullo me acurrucaba, me mecía; el murmullo era yo de vez en cuando. El murmullo es la magia que me hablaba de lanzarme al abismo porque podría extender las alas y volar; el que me ataba a la tierra para hacerme bailar. El murmullo era el soñar, pero sin dejar de ser sonido.
Solo contemplación. Podía verlo todo. Podía verlo todo y me sentía aún más parte de ello, con el alma a flor de piel, pero, ¿lo era? Podía verlo todo. Enormes construcciones de hielo: a veces construidas por manos humanas. A veces por la de los dioses. A veces mordidas por el olvido. Paseé incluso andando peregrina a través de océanos enteros congelados. (2:39) Me dejé acunar por cantos druidas que partían y volvían a formar la noche. Mi espíritu era salvaje cuando acompañaba aullando los ruegos primordiales de los primeros habitantes.
Todo es tan auténtico que voy a llorar un mar de dudas. Llévame a Islandia. Arrástrame grácil. Al principio pensaba que no había acción, pero ahora intuyo la realidad de aquel Cambio tan nombrado.
Todo es tan auténtico que voy a llorar un mar de dudas. Llévame a Islandia. Arrástrame grácil. Al principio pensaba que no había acción, pero ahora intuyo la realidad de aquel Cambio tan nombrado.
Volvamos a la carga, con los ojos encendidos y los corazones abrazados.
Volvamos a la carga.
Me niego a pensar que tenga una parte amarga.
Volvamos a la carga.
Me niego a pensar que tenga una parte amarga.
Y ahora, a descansar...
Y ahora, a despertar... I.D.I.D.I.T.
Con qué cariño se abren los ojos de la tierna creación. Susurras en una oscuridad cálida, y solo atino a pensar en tu sonrisa.
Descubrimientos de todos los pequeños saltos. Identidad. Estoy soy yo, y soy de asombro. Tengo todo en mi interior y tú solo pones diamantes aún más brillantes en mis ojos.
Descubrimientos de todos los pequeños saltos. Identidad. Estoy soy yo, y soy de asombro. Tengo todo en mi interior y tú solo pones diamantes aún más brillantes en mis ojos.
Lo hiciste perenne.
Quince millones
de trillones
de estrellas.
jueves, 31 de marzo de 2016
Advertencia.
Buenas tardes, o quizás buenos días, depende de cuándo me leas.
Me siento parte del mundo, como si pudiese trascenderlo con vehemencia. El juego parece fácil; podríamos dirigir el mundo como hacían ellos. Refutar sus falacias e instaurar las nuestras, y cambiar el curso de la historia.
-
Según Jung, ''los sueños son una puerta abierta al inconsciente universal'', pero, ¿existe verdaderamente una conciencia universal? Y, siendo así, ¿qué es exactamente lo que diferencia a unos humanos de otros? Acaso una suerte de vivencias no compartidas o incluso complementarias u opuestas, acaso una colocación aleatoria (o no tan aleatoria) de la materia a la hora de formar el genoma. ¿Dentro de mi tiempo se descubrirá?
Antes, Dios era la explicación a los fenómenos de la naturaleza, pero cada vez se tornó más abstracto conforme fuimos capaces de recrearlos. Somos así por que Dios nos hizo inimitables. ¿Cuándo recrearemos también a Dios?
Me siento parte del mundo, como si pudiese trascenderlo con vehemencia. El juego parece fácil; podríamos dirigir el mundo como hacían ellos. Refutar sus falacias e instaurar las nuestras, y cambiar el curso de la historia.
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Según Jung, ''los sueños son una puerta abierta al inconsciente universal'', pero, ¿existe verdaderamente una conciencia universal? Y, siendo así, ¿qué es exactamente lo que diferencia a unos humanos de otros? Acaso una suerte de vivencias no compartidas o incluso complementarias u opuestas, acaso una colocación aleatoria (o no tan aleatoria) de la materia a la hora de formar el genoma. ¿Dentro de mi tiempo se descubrirá?
Antes, Dios era la explicación a los fenómenos de la naturaleza, pero cada vez se tornó más abstracto conforme fuimos capaces de recrearlos. Somos así por que Dios nos hizo inimitables. ¿Cuándo recrearemos también a Dios?
sábado, 12 de diciembre de 2015
Outstanding
Querida epicúrea:
tú que borraste
todo aspecto despectivo
de la palabra vividor;
que carpe diem fue tu máxima
y tu meta el amor;
que tu belleza marmórea se mantenga, cueste lo que cueste,
que solo verte ya es revitalizador.
Parecen mentira
el todo y la nada:
todo lo que te aportaron,
nada, sus pisadas.
Que, ¡locos ellos!,
te juzgaron y,
¡más locos aún!
se marcharon.
tú que borraste
todo aspecto despectivo
de la palabra vividor;
que carpe diem fue tu máxima
y tu meta el amor;
que tu belleza marmórea se mantenga, cueste lo que cueste,
que solo verte ya es revitalizador.
Parecen mentira
el todo y la nada:
todo lo que te aportaron,
nada, sus pisadas.
Que, ¡locos ellos!,
te juzgaron y,
¡más locos aún!
se marcharon.
martes, 1 de diciembre de 2015
Querido diario:
Ni siquiera hubo reuniones familiares esta vez. Pero tampoco las esperaba demasiado, porque ya llevaba un tiempo sin ir al colegio. Mis padres vinieron a mi cuarto, donde estaba cantando, para sacar de debajo la maletita que llevaba hecha ya cierto tiempo. No me sorprendió; solo me atrevía a recordar las últimas comidas de estos meses, en las que mi padre solo era capaz de hablar cabreado esperando a que algún gobierno diera una respuesta legal para poder huir. Simplemente, los militares llegaron a esta zona antes que esa respuesta.
Y por eso estoy aquí, tan aburrida que me he puesto a escribir cuando hacía como mil años que no lo hacía. Esto sentada en una mochila, que a la vez está sentada en un sucio y frío barquito camino de Lesbos. Llevo encima unas diez capas de ropa y un chaleco que no inspira mucha confianza pero que nos vendieron caro en la frontera y aún así me castañean los dientes. Viajo con mi padre y mi madre y, aproximadamente, unas trescientas personas más que no conozco. El bote está repleto hasta la saciedad, y he conocido a una chica de mi edad, aunque no habla mucho casi siempre está llorando porque su familia solo tenía dinero para ella y su tío. Ahora mismo la escucho dormir, y sé por cómo se mueve y jadea, que está teniendo pesadillas. A veces me planteo despertarla, pero supongo que haya lo que haya en sus sueños, tendrá más posibilidades de vencerlo ahí dentro que aquí fuera. Según me dijeron durante el desayuno, lo más probable es que hoy avistemos la ''tierra prometida''.
Querido diario:
Llevo mucho tiempo sin escribirte, pero un chico que conozco de la Fundación me ha dicho que me ayudará. Pero no tengo ni la más mísera idea de cómo empezar. ¿Cómo voy a empezar? ¿Cómo cojones se cree ese gilipollas de Pablo que voy a empezar? En fin.
El día antes de decidir montar en el barco, mi madre preparó cuscus de cordero porque era una mujer muy valiente cuya máxima era que la vida no tenía sentido si no se podía comer como Dios manda. Al olerlo cuando volvió de trabajar, mi padre sonrió como hacía no mucho.
Pero nos montamos en ese barco. Y vimos la costa. Estábamos casi pisando la playa, por Dios. Ese fue el problema. Todas las familias nos apelotonamos para atisbar de una vez esa Europa perfecta. El bote volcó. Los socorristas acudieron en seguida, pero ellos eran pocos y nosotros demasiados, y demasiado vestidos. Sentía cómo me hundía, cómo las olas me llevaban de un lado a otro como jugando con una muñeca desmadejada. No pude evitar que el agua entrase en mi boca, en mis pulmones. Y quemaba con su sal. Lloraba de impotencia porque sabía que iba a morir.
Me desperté en la arena viéndolo todo sin ningún color, como si todo estuviese desvaído. A mi alrededor había muchísimas personas más, también tratando de recuperar el conocimiento. En cuanto vio que podía hablar, el socorrista volvió corriendo al agua a seguir intentando rescatar gente. En el agua todavía quedaban unas doscientas personas. En la arena no llegábamos a ser ni un tercio de los que estábamos en el bote.
Busqué a mis padres sobre la arena con la mirada. Mi corazón latía muy rápido ahora. Empecé a gritar sus nombres mientras me levantaba para encontrarlos. Corrí en todas direcciones mientras los socorristas seguían sacando personas. Al fin vi sus ropas en el agua, muy alejados el uno del otro y, como la mayoría de los que quedaban en el mar: bocabajo.
¿Quién merece nada de esto?
Y por eso estoy aquí, tan aburrida que me he puesto a escribir cuando hacía como mil años que no lo hacía. Esto sentada en una mochila, que a la vez está sentada en un sucio y frío barquito camino de Lesbos. Llevo encima unas diez capas de ropa y un chaleco que no inspira mucha confianza pero que nos vendieron caro en la frontera y aún así me castañean los dientes. Viajo con mi padre y mi madre y, aproximadamente, unas trescientas personas más que no conozco. El bote está repleto hasta la saciedad, y he conocido a una chica de mi edad, aunque no habla mucho casi siempre está llorando porque su familia solo tenía dinero para ella y su tío. Ahora mismo la escucho dormir, y sé por cómo se mueve y jadea, que está teniendo pesadillas. A veces me planteo despertarla, pero supongo que haya lo que haya en sus sueños, tendrá más posibilidades de vencerlo ahí dentro que aquí fuera. Según me dijeron durante el desayuno, lo más probable es que hoy avistemos la ''tierra prometida''.
Llevo mucho tiempo sin escribirte, pero un chico que conozco de la Fundación me ha dicho que me ayudará. Pero no tengo ni la más mísera idea de cómo empezar. ¿Cómo voy a empezar? ¿Cómo cojones se cree ese gilipollas de Pablo que voy a empezar? En fin.
El día antes de decidir montar en el barco, mi madre preparó cuscus de cordero porque era una mujer muy valiente cuya máxima era que la vida no tenía sentido si no se podía comer como Dios manda. Al olerlo cuando volvió de trabajar, mi padre sonrió como hacía no mucho.
Pero nos montamos en ese barco. Y vimos la costa. Estábamos casi pisando la playa, por Dios. Ese fue el problema. Todas las familias nos apelotonamos para atisbar de una vez esa Europa perfecta. El bote volcó. Los socorristas acudieron en seguida, pero ellos eran pocos y nosotros demasiados, y demasiado vestidos. Sentía cómo me hundía, cómo las olas me llevaban de un lado a otro como jugando con una muñeca desmadejada. No pude evitar que el agua entrase en mi boca, en mis pulmones. Y quemaba con su sal. Lloraba de impotencia porque sabía que iba a morir.
Me desperté en la arena viéndolo todo sin ningún color, como si todo estuviese desvaído. A mi alrededor había muchísimas personas más, también tratando de recuperar el conocimiento. En cuanto vio que podía hablar, el socorrista volvió corriendo al agua a seguir intentando rescatar gente. En el agua todavía quedaban unas doscientas personas. En la arena no llegábamos a ser ni un tercio de los que estábamos en el bote.
Busqué a mis padres sobre la arena con la mirada. Mi corazón latía muy rápido ahora. Empecé a gritar sus nombres mientras me levantaba para encontrarlos. Corrí en todas direcciones mientras los socorristas seguían sacando personas. Al fin vi sus ropas en el agua, muy alejados el uno del otro y, como la mayoría de los que quedaban en el mar: bocabajo.
¿Quién merece nada de esto?
martes, 24 de noviembre de 2015
~Me encantaría tener acuarelas~
Me encantaría dibujar el desdibuje; colorear esa realidad que se funde con todo el resto del mundo mudo poco a poco.
Llegué por la noche al aeropuerto. Porque
hay ocasiones en las que dudo de si América tiene más de cincuenta años. Un sofá aparece en mi salón. Los lingüistas aporrean mi puerta pidiendo explicaciones y yo, callada, les sonrío de par en par.
También mi corazón ha soltado los postigos y siento la necesidad de jurarlo. Tengo ganas de hacerle comprender a TODO EL MUNDO que somos verdaderamente importantes, así, subrayado. También siento la necesidad de que TODO EL MUNDO sepa que solo somos una especie con un intelecto un poco más enrevesado; que todo aquello que llamamos conciencia fue por casualidad.
También les conocí por casualidad.
Y si hubiera que nombrar a un Dios, proponer a la casualidad no suena tan a locura.
También les conocí por casualidad.
¿Por qué los idiotas creen que la felicidad es como el armiño?
Llegué por la noche al aeropuerto. Porque
hay ocasiones en las que dudo de si América tiene más de cincuenta años. Un sofá aparece en mi salón. Los lingüistas aporrean mi puerta pidiendo explicaciones y yo, callada, les sonrío de par en par.
También mi corazón ha soltado los postigos y siento la necesidad de jurarlo. Tengo ganas de hacerle comprender a TODO EL MUNDO que somos verdaderamente importantes, así, subrayado. También siento la necesidad de que TODO EL MUNDO sepa que solo somos una especie con un intelecto un poco más enrevesado; que todo aquello que llamamos conciencia fue por casualidad.
También les conocí por casualidad.
Y si hubiera que nombrar a un Dios, proponer a la casualidad no suena tan a locura.
También les conocí por casualidad.
¿Por qué los idiotas creen que la felicidad es como el armiño?
jueves, 8 de mayo de 2014
El día que Caronte vivió.
Vale, obviemos el título; después de todo, los títulos solo son una carta de presentación y a mí nunca se me dió bien presentarme. A lo mejor el siguiente relato tiene algunas lagunas, fallos con respecto a la mitología o no me expreso lo suficientemente claro, pero es que se trata de la historia de un sueño que tuve antes de ayer, creo, que me pareció digna de un blog. Espero que os guste ^^
Todo comenzó el día que yo me morí.
Mi alma (una yo inmaterial que también iba en pijama y que se sentía libre) bajó (no sé por qué caminos, ni tampoco exactamente adónde) y llegó a la orilla de una laguna. La laguna, de un color gris suplicante, estaba cubierta por una especie de cielo plagado de nubes tormentosas, oscurísimas, impenetrables, que me hacían imposible saber si era de día o de noche y que le conferían a todo un aspecto bastante lóbrego. Allí, entre las sombras, había una multitud extravagantemente grande de gente en fila india, esperando para no sé el qué. Delante de mí, había un hombre que intentaba arrancarse los ojos. Me acerqué un poco a él y le pregunté educadamente que si él conocía nuestro paradero. Él, con un gruñido por respuesta, utilizó una de sus manos para señalar un pequeño cartel que me había pasado inadvertido mientras con la otra mano conseguía explotarse uno de los globos oculares, manchándome la ropa del alma de humor vítreo almoso. El cartel rezaba ''Estigia''.
En ese momento creo que me volví a morir, pero esta vez de la risa. ¿Estaba yendo al Infierno? Desde luego, no me sorprendía, pero el hecho de que hubiera cola para ir al Infierno me parecía fascinante. ¿Sería esta ingente cantidad de personas una prueba de que el Gran Abismo tenía unas instalaciones muy malas? ¿O quizás la primera tortura era perder la paciencia?
En todo caso, me senté en una piedra recubierta de helechos a esperar, hasta que me llegó el turno de subir a la barca de Caronte junto con otros condenados. Los observé a medida que pasaban sus piernas etéreas por encima de la barca: el que había delante mía ya había conseguido sacarse los dos ojos, quién sabe por qué motivo, y ahora intentaba arrancarse los dientes uno a uno, para metérselos bajo las uñas. Tras él, subía una mujer que tenía unas arrugas de expresión increíblemente profundas en el rostro de su alma, lo que suponía que debía de estar realmente atormentada; su garganta estaba cortada de un tajo. Hacia la barca rodó también una masa informe muy poco antropomorfa, pero que debía de ser humano; tenía una diminuta cabeza en comparación con el cuerpo y unos pequeños bracitos y piernas sumergidos en la grasa. También subió un anciano que parecía plácido. Por su expresión, elucubré que debía de ser el que peores actos hubiera cometido, pero el que menos se arrepentía. Miraba con cariño todos los recuerdos que tenía en sus manos, sonriendo con algo de nostalgia. Y tras él subió un niño muy pequeño que parecía trastocado. Muy silencioso, se acurrucó en la proa de la barca. Tras ellos subí yo, y al fin vi la faz de Caronte.
Nunca me lo hubiera imaginado así. Una enorme y viejísima capa negra envolvía su cuerpo, era liviana de modo que parecía flotar a su alrededor y andrajosa, rotas por mil partes. Y si os he dicho que su capa era viejísima, imagináos el cráneo que contenía: estaba amarillento, lleno de pequeños rasguños; además, había telarañas que unían la capa y el cráneo. Y los ojos de esa anciana calavera estaban tan vacíos...
Y sin embargo, no me dió miedo, solo me infundió una tremenda tristeza callada, una soledad indescriptible, una sumisa calma de pena, así que en vez de acurrucarme en una esquina alejada del centro de la barca como hacía el resto, me senté a su lado y cogí uno de los remos, porque no tenía otra cosa que hacer, y porque Caronte me recordaba a un viejo herido.
La travesía por el Estigia fue muy monótona. La laguna no tenía ese azul tan hermoso que le otorgó Patinir, ni la guardaban las Flegias que describía Dante. Solo era un río de plata sucia sin corriente que nosotros paladeábamos levantando suaves olas. La verdad es que todo me hubiera resultado hasta bonito si no hubiese ido por aquel silencio sepulcral que inundaba todo, tan solo roto por los lamentos ahogados que emitían el resto de pasajeros. A lo lejos se podía ver la entrada a una caverna con túneles.
Cuando alcanzamos la otra orilla, la barca se detuvo con un dulce repiqueteo. Ante nosotros había otro personaje que no sabría exactamente dentro de qué especie catalogar. Se llamaba Bramante. Era antropomorfo, desde luego, resaltaban mucho sus músculos estilizados, pero su piel tenía como trozos de armadura dorada incorporada, como si tuviera un caparazón en solo unas cuantas partes del cuerpo. Además, tenía una cabeza como de urraca peluda y escamosa. Tenía unas alas retorcidas, una en el cuello, que le resbalaba sin fuerzas por toda la espalda, y otra en una pierna, que a veces se pisaba sin querer. Tenía pinta de sufrir mucho, pero era fiero, y daba bastante miedo. Su sola presencia imponía el pánico, haciendo que la espalda se te llenara de sudor frío.
Luego descubrí que su voz era aún peor que su aspecto. Fue llamando uno por uno a los integrantes de la tripulación, mostrándoles qué camino debían de seguir, en el final de qué pasillo encontrarían su castigo. Parecía regodearse con la aflicción de los condenados.
Pasó algo horrible en el momento en el que llamó al niño y este no quiso levantarse: le dió un enorme picotazo en un lado del cuerpo, arrancándole una costilla y mostrando sus órganos internos al aire. Rápidamente, las zonas alrededor del agujero empezaron a pudrirse, como una flor que se marchitara a una velocidad vertiginosa. Después, cogió al niño de un brazo y lo empujó por el túnel que debía de seguir.
Tras eso, me llamó a mí, con los ojos relucientes de expectación, como si deseara que yo me debatiera para acabar igual que el niño. Me levanté rápidamente y avancé hacia la orilla, esperando a que me señalara un túnel que recorrer, pero antes de que pudiera poner un pie en la orilla, Caronte me alzó con sus potentes manos y me situó tras él.
Con una voz sorprendentemente grave y limpia, le dijo a Bramante algo que no llegué a comprender, aunque sabía que hablaban en griego porque reconocía algunas palabras y el acento rasposo y soberbio de esta lengua clásica. Las alas de Bramante se tensaron, mientras que Caronte seguía con el ánimo templado a medida que las voces de ambos se iban alzando más y más. Empezaron a discutir, Bramante empujó hacia un lado Caronte para dejarme a la vista, y justo en el momento en que abría su dentado pico amenazándome, las zonas doradas de su cuerpo empezaron a desaparecer, y en sus estilizados músculos se abrieron tajos de sangre respllandeciente. Acobardado, huyo hacia los túneles.
Caronte, dando por finalizada la discusión, volvió a coger uno de los remos para seguir transportando almas. Me señaló a mí el otro.Y así es como comenzó mi vida en la muerte.
No era una aventura.
No era intrépido.
No era malo.
No era bueno.
Ambos pasábamos cada instante remando, tan solo quebrando esta monotonía cuando alcanzábamos una u otra orilla. Al principio, me interesé por todas las historias que me contaban los tripulantes de nuestra barca, pero pronto empecé a simplemente quedarme callada y remar. Remar. Remar. Remar. Cargar almas. Remar. Remar. Remar. Descargar almas (soportando la airada mirada de Bramante). Remar. Remar. Remar.
Un día (o una noche, quién sabe), Caronte y yo empezamos a hablar; hablando siempre en el camino de vuelta después de descargar las almas, pues ambos coincidíamos en que, aunque fuera lúgubre, las almas que fueran al Abismo necesitaban el silencio para asimilar las cosas. Y nos conocimos del todo. Y conocimos mucho más. Y entre chapoteos del agua, y levantar ondas con los remos, escuché toda la historia de Caronte, tan larga, tan pasional, tan inmensa, que pasé los siguientes viajes de una orilla a otra entre lágrimas. No os la contaré, pues no misión mía hacer eso, pero os contaré que esa historia había creado un Caronte con un extricto sentimiento del deber, y por eso siempre remaba, remaba, remaba, porque aquel era su Eterno Deber. Creo que Caronte se convirtió en mi abuelo y yo en su nieta con el paso de los años. Y nos convertimos en nieta y abuelo, y en amigos, y en amantes que no se tocaban, y en almas perdidas que se habían encontrado, y en dioses, y en moscas, y en Luna y Sol. Y aún hablábamos aunque ya lo supiéramos todo. Y aún compartíamos silencios.
Pero un día, volviendo a por más almas, nuestra barca se paró en mitad de la laguna. Por muy fuerte que remáramos, no conseguíamos avanzar. Nos mirábamos interrogantes, cuando de repente un rayo de luz inmaculada rompió el cielo, creando una brillante escalinata de luz. Por ella comenzaron a descender todos los dioses: Yahvé, Zeus, Alá, Júpiter, Tezcatlipoca...
Zeus se erigió representante de todos ellos, y con una intensa voz que parecía venir de todos lados, gritó:
-¿Se puede saber qué has hecho, Caronte? Has intervenido un castigo. -La voz nos atravesó, haciendo vibrar nuestros cuerpos. La piel se me puso de gallina; la voz parecía tan enfadada que sentía que debía ponerme de rodillas y rogar por clemencia.
Caronte se puso frente a mí, irguiéndose en su capa para protegerme:
-Solo he pedido esto. En milenios. -Su voz sonaba más segura y furiosa que nunca.
Los dioses se reunieron, juntando sus cabezas como si pudieran hablar con la mente. El ambientev estaba más oscurecido que nunca. Tras unos instantes, Zeus volvió a acercarse a nosotros, levantando poderosas olas en la laguna con su cuerpo descomunal. Volvió a levantar la voz:
-Hemos notado que existe una unión entre vosotros que no es nada endeble. -Hizo una pequeña pausa que nos erizó el vello.- Caronte. Has incumplido las normas. Has de ser castigado. Pequeña. Debías ir al infierno.
Entonces, me adelanté, con todo mi miedo, y le grité, supliqué, exigí y lloré con toda mi alma a Zeus que yo iría al Infierno, pero que no castigara a Caronte.
Pero Caronte me tapó la boca con sus huesudas manos. Miraba muy fijamente al Dios. El ambiente se quedó paralizado y todos nos tensamos esperando a lo que pasaría después.
De repente, en su rostro de estatua griega empezaron a salir grietas que me recordaron a cómo en el cuerpo de Bramante se habían abierto brechas el día que Caronte y él se enfrentaron por mí. Todo Zeus empezó a esquirlarse, y con él, el resto de los dioses. A mi alrededor notaba una fuerza inmensa de la que yo no era parte, que era inconmensurablemente enorme en comparación con lo pequeña que yo era. Yo era una hormiga delante de un enorme tornado de poderes. Las olas se agitaban con violencia, de las nubes negras salían chispas y entre Caronte y los dioses se alzó un viento horrible, como si los fenómenos quisieran ser eco de la agresiva batalla mental que estaban teniendo. Parecía que estuvieran cayendo bombas a mi alrededor, también el estruendo era horrible, y la barca se bamboleaba impetuosamente, queriendo lanzarnos al fondo de la laguna.
De repente, rompiendo el caos, Zeus lanzó un grito ilimitado, que llevaba toda la fuerza del Dios.
-SI NO QUIERES QUE ELLA VAYA AL INFIERNO, DÉJAME LLEVAR EL INFIERNO HASTA ELLA.
Y de repente mis ojos se cerraron. Mi conciencia se apagó.
Cuando volví a abrir los ojos, todo estaba en calma. Estaba yo sola en la barca, en mitad de la laguna. Las nubes habían vuelto a su color gris habitual. Sacudí la cabeza para despertarme y, al ver que Caronte no estaba en la barca me asomé por uno de los laterales de madera para ver si había caído al fondo. Cuando vi mi reflejo, casi cai de verdad. Mi cara era una calavera. Mis ojos eran profundos agujeros. Mis ropas no eran ahora otra cosa que una capa negra nueva. Y lo peor fue que sentí el peso del Deber. Un peso que me obligaba a coger los remos y a remar hacia la orillas donde esperaban las almas. Remar. Remar. Remar.
Yo era la sucesora de Caronte. Sin Caronte.
Todo comenzó el día que yo me morí.
Mi alma (una yo inmaterial que también iba en pijama y que se sentía libre) bajó (no sé por qué caminos, ni tampoco exactamente adónde) y llegó a la orilla de una laguna. La laguna, de un color gris suplicante, estaba cubierta por una especie de cielo plagado de nubes tormentosas, oscurísimas, impenetrables, que me hacían imposible saber si era de día o de noche y que le conferían a todo un aspecto bastante lóbrego. Allí, entre las sombras, había una multitud extravagantemente grande de gente en fila india, esperando para no sé el qué. Delante de mí, había un hombre que intentaba arrancarse los ojos. Me acerqué un poco a él y le pregunté educadamente que si él conocía nuestro paradero. Él, con un gruñido por respuesta, utilizó una de sus manos para señalar un pequeño cartel que me había pasado inadvertido mientras con la otra mano conseguía explotarse uno de los globos oculares, manchándome la ropa del alma de humor vítreo almoso. El cartel rezaba ''Estigia''.
En ese momento creo que me volví a morir, pero esta vez de la risa. ¿Estaba yendo al Infierno? Desde luego, no me sorprendía, pero el hecho de que hubiera cola para ir al Infierno me parecía fascinante. ¿Sería esta ingente cantidad de personas una prueba de que el Gran Abismo tenía unas instalaciones muy malas? ¿O quizás la primera tortura era perder la paciencia?
En todo caso, me senté en una piedra recubierta de helechos a esperar, hasta que me llegó el turno de subir a la barca de Caronte junto con otros condenados. Los observé a medida que pasaban sus piernas etéreas por encima de la barca: el que había delante mía ya había conseguido sacarse los dos ojos, quién sabe por qué motivo, y ahora intentaba arrancarse los dientes uno a uno, para metérselos bajo las uñas. Tras él, subía una mujer que tenía unas arrugas de expresión increíblemente profundas en el rostro de su alma, lo que suponía que debía de estar realmente atormentada; su garganta estaba cortada de un tajo. Hacia la barca rodó también una masa informe muy poco antropomorfa, pero que debía de ser humano; tenía una diminuta cabeza en comparación con el cuerpo y unos pequeños bracitos y piernas sumergidos en la grasa. También subió un anciano que parecía plácido. Por su expresión, elucubré que debía de ser el que peores actos hubiera cometido, pero el que menos se arrepentía. Miraba con cariño todos los recuerdos que tenía en sus manos, sonriendo con algo de nostalgia. Y tras él subió un niño muy pequeño que parecía trastocado. Muy silencioso, se acurrucó en la proa de la barca. Tras ellos subí yo, y al fin vi la faz de Caronte.
Nunca me lo hubiera imaginado así. Una enorme y viejísima capa negra envolvía su cuerpo, era liviana de modo que parecía flotar a su alrededor y andrajosa, rotas por mil partes. Y si os he dicho que su capa era viejísima, imagináos el cráneo que contenía: estaba amarillento, lleno de pequeños rasguños; además, había telarañas que unían la capa y el cráneo. Y los ojos de esa anciana calavera estaban tan vacíos...
Y sin embargo, no me dió miedo, solo me infundió una tremenda tristeza callada, una soledad indescriptible, una sumisa calma de pena, así que en vez de acurrucarme en una esquina alejada del centro de la barca como hacía el resto, me senté a su lado y cogí uno de los remos, porque no tenía otra cosa que hacer, y porque Caronte me recordaba a un viejo herido.
La travesía por el Estigia fue muy monótona. La laguna no tenía ese azul tan hermoso que le otorgó Patinir, ni la guardaban las Flegias que describía Dante. Solo era un río de plata sucia sin corriente que nosotros paladeábamos levantando suaves olas. La verdad es que todo me hubiera resultado hasta bonito si no hubiese ido por aquel silencio sepulcral que inundaba todo, tan solo roto por los lamentos ahogados que emitían el resto de pasajeros. A lo lejos se podía ver la entrada a una caverna con túneles.
Cuando alcanzamos la otra orilla, la barca se detuvo con un dulce repiqueteo. Ante nosotros había otro personaje que no sabría exactamente dentro de qué especie catalogar. Se llamaba Bramante. Era antropomorfo, desde luego, resaltaban mucho sus músculos estilizados, pero su piel tenía como trozos de armadura dorada incorporada, como si tuviera un caparazón en solo unas cuantas partes del cuerpo. Además, tenía una cabeza como de urraca peluda y escamosa. Tenía unas alas retorcidas, una en el cuello, que le resbalaba sin fuerzas por toda la espalda, y otra en una pierna, que a veces se pisaba sin querer. Tenía pinta de sufrir mucho, pero era fiero, y daba bastante miedo. Su sola presencia imponía el pánico, haciendo que la espalda se te llenara de sudor frío.
Luego descubrí que su voz era aún peor que su aspecto. Fue llamando uno por uno a los integrantes de la tripulación, mostrándoles qué camino debían de seguir, en el final de qué pasillo encontrarían su castigo. Parecía regodearse con la aflicción de los condenados.
Pasó algo horrible en el momento en el que llamó al niño y este no quiso levantarse: le dió un enorme picotazo en un lado del cuerpo, arrancándole una costilla y mostrando sus órganos internos al aire. Rápidamente, las zonas alrededor del agujero empezaron a pudrirse, como una flor que se marchitara a una velocidad vertiginosa. Después, cogió al niño de un brazo y lo empujó por el túnel que debía de seguir.
Tras eso, me llamó a mí, con los ojos relucientes de expectación, como si deseara que yo me debatiera para acabar igual que el niño. Me levanté rápidamente y avancé hacia la orilla, esperando a que me señalara un túnel que recorrer, pero antes de que pudiera poner un pie en la orilla, Caronte me alzó con sus potentes manos y me situó tras él.
Con una voz sorprendentemente grave y limpia, le dijo a Bramante algo que no llegué a comprender, aunque sabía que hablaban en griego porque reconocía algunas palabras y el acento rasposo y soberbio de esta lengua clásica. Las alas de Bramante se tensaron, mientras que Caronte seguía con el ánimo templado a medida que las voces de ambos se iban alzando más y más. Empezaron a discutir, Bramante empujó hacia un lado Caronte para dejarme a la vista, y justo en el momento en que abría su dentado pico amenazándome, las zonas doradas de su cuerpo empezaron a desaparecer, y en sus estilizados músculos se abrieron tajos de sangre respllandeciente. Acobardado, huyo hacia los túneles.
Caronte, dando por finalizada la discusión, volvió a coger uno de los remos para seguir transportando almas. Me señaló a mí el otro.Y así es como comenzó mi vida en la muerte.
No era una aventura.
No era intrépido.
No era malo.
No era bueno.
Ambos pasábamos cada instante remando, tan solo quebrando esta monotonía cuando alcanzábamos una u otra orilla. Al principio, me interesé por todas las historias que me contaban los tripulantes de nuestra barca, pero pronto empecé a simplemente quedarme callada y remar. Remar. Remar. Remar. Cargar almas. Remar. Remar. Remar. Descargar almas (soportando la airada mirada de Bramante). Remar. Remar. Remar.
Un día (o una noche, quién sabe), Caronte y yo empezamos a hablar; hablando siempre en el camino de vuelta después de descargar las almas, pues ambos coincidíamos en que, aunque fuera lúgubre, las almas que fueran al Abismo necesitaban el silencio para asimilar las cosas. Y nos conocimos del todo. Y conocimos mucho más. Y entre chapoteos del agua, y levantar ondas con los remos, escuché toda la historia de Caronte, tan larga, tan pasional, tan inmensa, que pasé los siguientes viajes de una orilla a otra entre lágrimas. No os la contaré, pues no misión mía hacer eso, pero os contaré que esa historia había creado un Caronte con un extricto sentimiento del deber, y por eso siempre remaba, remaba, remaba, porque aquel era su Eterno Deber. Creo que Caronte se convirtió en mi abuelo y yo en su nieta con el paso de los años. Y nos convertimos en nieta y abuelo, y en amigos, y en amantes que no se tocaban, y en almas perdidas que se habían encontrado, y en dioses, y en moscas, y en Luna y Sol. Y aún hablábamos aunque ya lo supiéramos todo. Y aún compartíamos silencios.
Pero un día, volviendo a por más almas, nuestra barca se paró en mitad de la laguna. Por muy fuerte que remáramos, no conseguíamos avanzar. Nos mirábamos interrogantes, cuando de repente un rayo de luz inmaculada rompió el cielo, creando una brillante escalinata de luz. Por ella comenzaron a descender todos los dioses: Yahvé, Zeus, Alá, Júpiter, Tezcatlipoca...
Zeus se erigió representante de todos ellos, y con una intensa voz que parecía venir de todos lados, gritó:
-¿Se puede saber qué has hecho, Caronte? Has intervenido un castigo. -La voz nos atravesó, haciendo vibrar nuestros cuerpos. La piel se me puso de gallina; la voz parecía tan enfadada que sentía que debía ponerme de rodillas y rogar por clemencia.
Caronte se puso frente a mí, irguiéndose en su capa para protegerme:
-Solo he pedido esto. En milenios. -Su voz sonaba más segura y furiosa que nunca.
Los dioses se reunieron, juntando sus cabezas como si pudieran hablar con la mente. El ambientev estaba más oscurecido que nunca. Tras unos instantes, Zeus volvió a acercarse a nosotros, levantando poderosas olas en la laguna con su cuerpo descomunal. Volvió a levantar la voz:
-Hemos notado que existe una unión entre vosotros que no es nada endeble. -Hizo una pequeña pausa que nos erizó el vello.- Caronte. Has incumplido las normas. Has de ser castigado. Pequeña. Debías ir al infierno.
Entonces, me adelanté, con todo mi miedo, y le grité, supliqué, exigí y lloré con toda mi alma a Zeus que yo iría al Infierno, pero que no castigara a Caronte.
Pero Caronte me tapó la boca con sus huesudas manos. Miraba muy fijamente al Dios. El ambiente se quedó paralizado y todos nos tensamos esperando a lo que pasaría después.
De repente, en su rostro de estatua griega empezaron a salir grietas que me recordaron a cómo en el cuerpo de Bramante se habían abierto brechas el día que Caronte y él se enfrentaron por mí. Todo Zeus empezó a esquirlarse, y con él, el resto de los dioses. A mi alrededor notaba una fuerza inmensa de la que yo no era parte, que era inconmensurablemente enorme en comparación con lo pequeña que yo era. Yo era una hormiga delante de un enorme tornado de poderes. Las olas se agitaban con violencia, de las nubes negras salían chispas y entre Caronte y los dioses se alzó un viento horrible, como si los fenómenos quisieran ser eco de la agresiva batalla mental que estaban teniendo. Parecía que estuvieran cayendo bombas a mi alrededor, también el estruendo era horrible, y la barca se bamboleaba impetuosamente, queriendo lanzarnos al fondo de la laguna.
De repente, rompiendo el caos, Zeus lanzó un grito ilimitado, que llevaba toda la fuerza del Dios.
-SI NO QUIERES QUE ELLA VAYA AL INFIERNO, DÉJAME LLEVAR EL INFIERNO HASTA ELLA.
Y de repente mis ojos se cerraron. Mi conciencia se apagó.
Cuando volví a abrir los ojos, todo estaba en calma. Estaba yo sola en la barca, en mitad de la laguna. Las nubes habían vuelto a su color gris habitual. Sacudí la cabeza para despertarme y, al ver que Caronte no estaba en la barca me asomé por uno de los laterales de madera para ver si había caído al fondo. Cuando vi mi reflejo, casi cai de verdad. Mi cara era una calavera. Mis ojos eran profundos agujeros. Mis ropas no eran ahora otra cosa que una capa negra nueva. Y lo peor fue que sentí el peso del Deber. Un peso que me obligaba a coger los remos y a remar hacia la orillas donde esperaban las almas. Remar. Remar. Remar.
Yo era la sucesora de Caronte. Sin Caronte.
sábado, 3 de mayo de 2014
La vida en un gemido.
La verdad es que me hubiera gustado escribir esto bastante más largo, pero hoy no me siento muy inspirada así que se va a quedar así.
Os puedo jurar que a mí siempre me habían gustado las chicas pálidas, mas, por mil y una razones, mis gustos cambiaron, y la verdad es que desde que conocí a aquella belleza de Barbados sentí que nunca podría apartar mi mirada de aquella fuerte mujer. Pero la verdad es que ahora mismo no os quiero hablar de lo mucho que quería a mi pequeña reina mora, si no de lo que me hizo aquel día que se acercó a los pies de mi cama sin rejas.
Se acercó a los pies de mi cama sin rejas, orgullosa de sí misma y dejándome sin respiración, relamiéndose sus labios de cereza y dejando entrever sus pequeños dientes blancos. El sol se alzaba ya en el cielo y sus rayos entraban a través de las blancas cortinas, trayendo consigo la brisa salada de la playa y llenando la habitación de una calidez fresca.
La ví acercarse a los pies de mi cama sin rejas, ella andando como siempre había andado, como si fuera una diosa o una gran reina egipcia, moviendo de un lado a otro sus caderas firmes y voluptuosas. Sus labios cereza húmedos. Su piel morena como el chocolate, sabrosa. Y así como su piel era algo que yo me deseaba comer, su brillante mirada marrón era la que no dejaba de comerme a mí.
Se acercó a los pies de mi cama sin rejas, se paró, sin dejar de mirarme, y se quitó la tenue camiseta que llevaba, lentamente, haciendo un pequeño baile con sus caderas, mostrando centímetro a centímetro su vientre plano, la línea curva, tan femenina, de su cadera ancha y su fina cintura; la parte baja, redonda, firme de sus senos; la suave aureola de sus pezones; sus pechos por entero; la hondonada de su cuello de ónix. Al fin, salió de esa camiseta, soltándola al aire, para distraerme unos instantes con su vuelo mientras ella se daba la vuelta. ¿Cómo se describe ese culazo, tíos? Yo solo sé que no había visto ninguno tan perfecto en toda mi vida, y que no podía pensar en otra cosa mientras se meneaba con bamboleantes sacudidas y se quitaba también los diminutos pantalones.
Lo gracioso de todo esto es que ella se meneaba, ella bailaba para mí y ella se desnudaba para mostrarse a mí, sí, pero seguía siendo ella la que tenía el control sobre mí, como siempre. Bajó los shorts hasta los tobillos, lentamente, porque ella era mi guía y me estaba mostrando sus larguísimas piernas, esas que medían treinta y siete besos. Se dió la vuelta y volvió a mirarme, con esos penetrantes ojos de almendra que me amaban y que amaba. Su pelo negro y ondulado caía en cascada acariciando sus pómulos y sus hombros, llegando hasta las senos, enmarcándola como si fuese una suave obra de arte.
Me sonrió con malicia, arrugando un poco la nariz, tan dulce y fieramente que el corazón se me empezó a agitar en el pecho, como cuando estás escuchando la parte favorita de tu sonata favorita, como cuando estás drogado, o en el cielo, y no te puedes creer lo inigualable que es la vida. Se inclinó sobre mí, apoyando sus manos en las sábanas blancas, gateando hasta mí, y cuando llegó a mi cara me dio un profundo beso en la boca, quizá demasiado corto, quizás demasiado raro porque mientras me besaba se estaba estirando para coger algo que tenía en la mesilla de noche. Cuando cesó el beso y levantó su cabeza, apoyándose sobre sus rodillas, vi lo que tenía en su mano: era un bote de aceite, mi talón de Aquiles.
Lo abrió, y empezó a rociar con el líquido sus turgentes senos, sosteniendo con una mano el bote mientras que con la otra lo extendía por su piel, poniendo especial empeño en que yo notara lo pellizcable y besable que era. Puso especial atención a sus pezones, endureciéndolos restregándose aceite mientras me miraba, sabiendo que yo la deseaba.
Estando de rodillas como estaba, conmigo entre sus piernas semiabiertas, se inclinó hacia atrás para que yo viera cómo el óleo resbalaba por su estómago, haciendo impermeable su increíble piel, bajando por el estómago, haciendo una carrera de gotas de aceite que bajaban de sus senos hasta la parte superior de su braguita. Volvió hacia mí y me cogió la mano, acercándola hacia ella para que apretujara uno de sus jugosos pechos, los cuales yo no podía dejar de mirar; ya sabemos dónde estaba toda mi sangre, en vez de estar en el cerebro.
Me sonrió otra vez, guiando mi mirada hacia su braguita, empapada ahora de aceite. Volvió a rociarse con un poco más de aceite, que corría entre sus piernas semiabiertas, y dejó el bote otra vez en la mesilla. Con una de sus manos empezó a extender el aceite de forma muy sugerente manchando aún más su ropa interior. La vi rozarse, soltando pequeños gemiditos, con los brillantes pecho bamboleantes, y quise acercarme a ella.
Las yemas de mis manos,
-tan suavemente violentas-
crean hoyuelos en tu piel,
que está de todo menos muerta.
No te escapes, vida mía,
no te quieras esfumar,
que a lo mejor contra la cama
te voy a tener que atar.
Os puedo jurar que a mí siempre me habían gustado las chicas pálidas, mas, por mil y una razones, mis gustos cambiaron, y la verdad es que desde que conocí a aquella belleza de Barbados sentí que nunca podría apartar mi mirada de aquella fuerte mujer. Pero la verdad es que ahora mismo no os quiero hablar de lo mucho que quería a mi pequeña reina mora, si no de lo que me hizo aquel día que se acercó a los pies de mi cama sin rejas.
Se acercó a los pies de mi cama sin rejas, orgullosa de sí misma y dejándome sin respiración, relamiéndose sus labios de cereza y dejando entrever sus pequeños dientes blancos. El sol se alzaba ya en el cielo y sus rayos entraban a través de las blancas cortinas, trayendo consigo la brisa salada de la playa y llenando la habitación de una calidez fresca.
La ví acercarse a los pies de mi cama sin rejas, ella andando como siempre había andado, como si fuera una diosa o una gran reina egipcia, moviendo de un lado a otro sus caderas firmes y voluptuosas. Sus labios cereza húmedos. Su piel morena como el chocolate, sabrosa. Y así como su piel era algo que yo me deseaba comer, su brillante mirada marrón era la que no dejaba de comerme a mí.
Se acercó a los pies de mi cama sin rejas, se paró, sin dejar de mirarme, y se quitó la tenue camiseta que llevaba, lentamente, haciendo un pequeño baile con sus caderas, mostrando centímetro a centímetro su vientre plano, la línea curva, tan femenina, de su cadera ancha y su fina cintura; la parte baja, redonda, firme de sus senos; la suave aureola de sus pezones; sus pechos por entero; la hondonada de su cuello de ónix. Al fin, salió de esa camiseta, soltándola al aire, para distraerme unos instantes con su vuelo mientras ella se daba la vuelta. ¿Cómo se describe ese culazo, tíos? Yo solo sé que no había visto ninguno tan perfecto en toda mi vida, y que no podía pensar en otra cosa mientras se meneaba con bamboleantes sacudidas y se quitaba también los diminutos pantalones.
Lo gracioso de todo esto es que ella se meneaba, ella bailaba para mí y ella se desnudaba para mostrarse a mí, sí, pero seguía siendo ella la que tenía el control sobre mí, como siempre. Bajó los shorts hasta los tobillos, lentamente, porque ella era mi guía y me estaba mostrando sus larguísimas piernas, esas que medían treinta y siete besos. Se dió la vuelta y volvió a mirarme, con esos penetrantes ojos de almendra que me amaban y que amaba. Su pelo negro y ondulado caía en cascada acariciando sus pómulos y sus hombros, llegando hasta las senos, enmarcándola como si fuese una suave obra de arte.
Me sonrió con malicia, arrugando un poco la nariz, tan dulce y fieramente que el corazón se me empezó a agitar en el pecho, como cuando estás escuchando la parte favorita de tu sonata favorita, como cuando estás drogado, o en el cielo, y no te puedes creer lo inigualable que es la vida. Se inclinó sobre mí, apoyando sus manos en las sábanas blancas, gateando hasta mí, y cuando llegó a mi cara me dio un profundo beso en la boca, quizá demasiado corto, quizás demasiado raro porque mientras me besaba se estaba estirando para coger algo que tenía en la mesilla de noche. Cuando cesó el beso y levantó su cabeza, apoyándose sobre sus rodillas, vi lo que tenía en su mano: era un bote de aceite, mi talón de Aquiles.
Lo abrió, y empezó a rociar con el líquido sus turgentes senos, sosteniendo con una mano el bote mientras que con la otra lo extendía por su piel, poniendo especial empeño en que yo notara lo pellizcable y besable que era. Puso especial atención a sus pezones, endureciéndolos restregándose aceite mientras me miraba, sabiendo que yo la deseaba.
Estando de rodillas como estaba, conmigo entre sus piernas semiabiertas, se inclinó hacia atrás para que yo viera cómo el óleo resbalaba por su estómago, haciendo impermeable su increíble piel, bajando por el estómago, haciendo una carrera de gotas de aceite que bajaban de sus senos hasta la parte superior de su braguita. Volvió hacia mí y me cogió la mano, acercándola hacia ella para que apretujara uno de sus jugosos pechos, los cuales yo no podía dejar de mirar; ya sabemos dónde estaba toda mi sangre, en vez de estar en el cerebro.
Me sonrió otra vez, guiando mi mirada hacia su braguita, empapada ahora de aceite. Volvió a rociarse con un poco más de aceite, que corría entre sus piernas semiabiertas, y dejó el bote otra vez en la mesilla. Con una de sus manos empezó a extender el aceite de forma muy sugerente manchando aún más su ropa interior. La vi rozarse, soltando pequeños gemiditos, con los brillantes pecho bamboleantes, y quise acercarme a ella.
viernes, 18 de abril de 2014
Relax, relax, relax uuuuuu (8)
A lo mejor no es entretenido para vosotros, pero es sobre lo que quiero escribir :3
Todo está muy oscuro, pero no por eso dejas de sentirte muy relajado. Tu respiración es tan lenta que sientes como si estuvieras en armonía con el Universo. Pecho arriba, costillas anchas, lengua pegada al paladar para que no se salga ni una gota de oxígeno, aire dentro de los pulmones. Retienes el aire dentro de tu pecho durante un tiempo, quizás para probarte a ti mismo que no te ahogarías muy pronto en el caso de que tuvieras un accidente de barco. Notas cómo late tu corazón; cómo tus venas mueven la sangre de un lado a otro como si fueran mangueras. Te molesta el aire dentro del cuerpo, así que lo sacas de una exhalación rápida y contundente. Tras eso, vuelves a respirar cómodamente. Inspirando. Espirando. Inspirando. Espirando.
Notas todos los músculos de tu cuerpo relajados. Notas cómo empiezan a pesarte mucho las piernas: mueves los dedos de los pies para comprobar el estado tan relajado en el que estás y te encanta la sensación. Se te relajan las plantas de los pies; las pantorrillas te pesan, las rodillas te pesan... Notas cómo la gravedad llama a todo tu cuerpo. La espalda se te reblandece, la cadera se laxa. Tu estómago se comba para respirar pero eso no te quita ningún ápice de bienestar. Sientes un leve escalofrío, pero no te hace contraerte, sino que es como si una mano caliente te diera una caricia a lo largo de toda la columna vertebral, como si tuvieras un chorro de agua cálida dándote un masaje desde la parte lumbar hasta el cuello. Sientes cómo todos los músculos del cuello se te relajan. Y la cara también. Todo es paz. Los músculos de tu cara dejan de funcionar, no tienes expresión porque todas las emociones han sido purgadas de ti con cada respiración hasta solo quedar la tranquilidad.
Tienes las palmas de las manos apoyadas delicadamente en el suelo. Descubres que se trata de arena finísima, y te encanta, así que hundes los dedos en ella. La arena te hace suaves cosquillas en las palmas de las manos. También tienes una parte de la cara apoyada en la arena, pero no te molesta porque te has puesto un pañuelo de tela para separaros; el tejido es tenue, casi etéreo. Te sientes colmado en la vida, sin preocupaciones, lo único que tienes que hacer es respirar llevando el aire al vientre. Te sientes bien, templado.
Puedes escuchar cómo choca el agua contra la orilla que tienes a la derecha. Las olas se rompen contra la arena formando una espuma crepitante, y puedes incluso escuchar el ligero estrépito que se crea cuando la tierra se traga las pompitas. Percibes cómo el agua se retira de nuevo a su sitio con un sonido de succión hasta que colisiona con la siguiente ola que la viene empujando por detrás, volviendo a repetir el ciclo. En alta mar, las crestas de las olas más altas y lejanas se van rompiendo antes de llegar a la orilla. Es un sonido muy calmante y te evoca a aquellas veces en las que te ponías una gran caracola en el oído para escuchar este mismo sonido del océano. Notas cómo, al igual que las olas vienen y van, tu sangre fluye al ritmo de los sosegados latidos de tu corazón.
Inspiras. Espiras.
De repente, hueles el mar. Lo notas en tu lengua, en el sabor salino que recubre tu boca por dentro. Eres capaz de saborear el gusto fuerte del agua. Hueles las algas, los bancos de peces y las rocas salitrosas del fondo de la costa. Por suerte no le has dado ningún trago a ese agua, porque catar el mar directamente nunca es una buena experiencia: para los que nunca hayáis tragado agua sin querer, es como morder un cangrejo crudo muy salado. Apartas ese sabor de tu mente y simplemente hueles el mar mientras te percatas del valiente aleteo de las gaviotas a lo lejos.
Sientes como si tú también pudieras volar sobre el mar como esa gaviota. Con tus ojos de ave marina ves a los peces nadar, a las gambas huir de ellos. Con tus ojos de quien está en el cielo, sintiendo el céfiro entre tus plumas, ves cómo se refugian los crustáceos en las rocas, cómo toman el sol las estrellas de mar en las albuferas y cómo las lapas se fosilizan en un beso con las piedras musgosas. Eres una gaviota que planea. Parpadeas, agitas las alas y elevas tu vuelo, partiendo el aire con tu pecho. Luchas contra el firmamento durante unos instantes, hasta que encuentras un soplo de viento que te sostiene en tu curso por el vuelo; tus alas se han convertido en un paracaídas sin tensión. Te dejas llevar por las corrientes un rato, dando algunas volteretas en la atmósfera para exaltarte en tu gallardía. Eres feliz haciendo lo que haces, porque no podrías hacer otra cosa. Eres plenitud en cada una de tus batidas de alas. Ves una roca, vas hacia ella y te posas. El vuelo ha terminado.
Todo está muy oscuro, pero no por eso dejas de sentirte muy relajado. Tu respiración es tan lenta que sientes como si estuvieras en armonía con el Universo. Pecho arriba, costillas anchas, lengua pegada al paladar para que no se salga ni una gota de oxígeno, aire dentro de los pulmones. Retienes el aire dentro de tu pecho durante un tiempo, quizás para probarte a ti mismo que no te ahogarías muy pronto en el caso de que tuvieras un accidente de barco. Notas cómo late tu corazón; cómo tus venas mueven la sangre de un lado a otro como si fueran mangueras. Te molesta el aire dentro del cuerpo, así que lo sacas de una exhalación rápida y contundente. Tras eso, vuelves a respirar cómodamente. Inspirando. Espirando. Inspirando. Espirando.
Notas todos los músculos de tu cuerpo relajados. Notas cómo empiezan a pesarte mucho las piernas: mueves los dedos de los pies para comprobar el estado tan relajado en el que estás y te encanta la sensación. Se te relajan las plantas de los pies; las pantorrillas te pesan, las rodillas te pesan... Notas cómo la gravedad llama a todo tu cuerpo. La espalda se te reblandece, la cadera se laxa. Tu estómago se comba para respirar pero eso no te quita ningún ápice de bienestar. Sientes un leve escalofrío, pero no te hace contraerte, sino que es como si una mano caliente te diera una caricia a lo largo de toda la columna vertebral, como si tuvieras un chorro de agua cálida dándote un masaje desde la parte lumbar hasta el cuello. Sientes cómo todos los músculos del cuello se te relajan. Y la cara también. Todo es paz. Los músculos de tu cara dejan de funcionar, no tienes expresión porque todas las emociones han sido purgadas de ti con cada respiración hasta solo quedar la tranquilidad.
Tienes las palmas de las manos apoyadas delicadamente en el suelo. Descubres que se trata de arena finísima, y te encanta, así que hundes los dedos en ella. La arena te hace suaves cosquillas en las palmas de las manos. También tienes una parte de la cara apoyada en la arena, pero no te molesta porque te has puesto un pañuelo de tela para separaros; el tejido es tenue, casi etéreo. Te sientes colmado en la vida, sin preocupaciones, lo único que tienes que hacer es respirar llevando el aire al vientre. Te sientes bien, templado.
Puedes escuchar cómo choca el agua contra la orilla que tienes a la derecha. Las olas se rompen contra la arena formando una espuma crepitante, y puedes incluso escuchar el ligero estrépito que se crea cuando la tierra se traga las pompitas. Percibes cómo el agua se retira de nuevo a su sitio con un sonido de succión hasta que colisiona con la siguiente ola que la viene empujando por detrás, volviendo a repetir el ciclo. En alta mar, las crestas de las olas más altas y lejanas se van rompiendo antes de llegar a la orilla. Es un sonido muy calmante y te evoca a aquellas veces en las que te ponías una gran caracola en el oído para escuchar este mismo sonido del océano. Notas cómo, al igual que las olas vienen y van, tu sangre fluye al ritmo de los sosegados latidos de tu corazón.
Inspiras. Espiras.
De repente, hueles el mar. Lo notas en tu lengua, en el sabor salino que recubre tu boca por dentro. Eres capaz de saborear el gusto fuerte del agua. Hueles las algas, los bancos de peces y las rocas salitrosas del fondo de la costa. Por suerte no le has dado ningún trago a ese agua, porque catar el mar directamente nunca es una buena experiencia: para los que nunca hayáis tragado agua sin querer, es como morder un cangrejo crudo muy salado. Apartas ese sabor de tu mente y simplemente hueles el mar mientras te percatas del valiente aleteo de las gaviotas a lo lejos.
Sientes como si tú también pudieras volar sobre el mar como esa gaviota. Con tus ojos de ave marina ves a los peces nadar, a las gambas huir de ellos. Con tus ojos de quien está en el cielo, sintiendo el céfiro entre tus plumas, ves cómo se refugian los crustáceos en las rocas, cómo toman el sol las estrellas de mar en las albuferas y cómo las lapas se fosilizan en un beso con las piedras musgosas. Eres una gaviota que planea. Parpadeas, agitas las alas y elevas tu vuelo, partiendo el aire con tu pecho. Luchas contra el firmamento durante unos instantes, hasta que encuentras un soplo de viento que te sostiene en tu curso por el vuelo; tus alas se han convertido en un paracaídas sin tensión. Te dejas llevar por las corrientes un rato, dando algunas volteretas en la atmósfera para exaltarte en tu gallardía. Eres feliz haciendo lo que haces, porque no podrías hacer otra cosa. Eres plenitud en cada una de tus batidas de alas. Ves una roca, vas hacia ella y te posas. El vuelo ha terminado.
miércoles, 9 de abril de 2014
El último Jenny.
A la condenada le fue permitido pasar una última noche en la casa de su familia antes de ser fusilada.
Aquella noche todos cenaron haciendo un paripé vacío, como si al día siguiente la madre fuera a volver a estar ahí, como si ayer lo hubiera estado; cenaron sonrientes, pidiéndose la sal o las servilletas los unos a los otros como si de verdad aquello fuera un hogar. Por la noche, la madre dió un último beso de buenas noches en las frentes de unos hijos que ya no iba a volver a ver nunca más, intentando transmitirles todo el amor que sentía hacia ellos y queriendo poder darles todas las fuerzas que le restaban para que pudieran sobrevivir a todo lo que les iba a venir en la vida. Por la noche, la esposa hizo el amor con su marido como si estuvieran recordando aquella primera vez que lo hicieron, cuando todavía tenían todos los misterios de sus cuerpos por descubrir a besos, con toda la energía que da el primer y último amor.
En la madrugada, la mujer salió a fumarse el último cigarro de su vida. Siempre se había fumado un cigarro cuando pasaba situaciones duras: un cigarro por la primera vez que rompió un corazón, un cigarro por la primera vez que perdió a su mejor amiga, un cigarro por la vez que perdió a su padre, un cigarro por vez que suspendió aquel examen de ingreso. Aquel no era un cigarro por su vida, ni era un cigarro por su muerte. Aquel era un cigarro por despecho, porque si la Muerte la iba a saludar, al menos la condenada quería decidir cuando. Apagó la colilla contra el balcón y se quitó la bata con un ligero golpe de hombros. Era su tipo favorito de noches, la calidez del inicio del verano llenaba de caricias sus curvas y las estrellas le guiñaban los ojos como diciéndole ''aquí te esperamos''.
Se subió encima de la cornisa del balcón, haciendo un poco de esfuerzo para encaramarse a él ya que ya no tenía la misma agilidad que cuando tenía quince años e hizo su primer Jenny. Lentamente estiró las piernas y quedó encima de la cornisa; encima de ella solo el cielo y debajo de ella siete pisos llenos de cuerdas de tender la ropa. Aunque siempre había sido valiente, miró al suelo y sintió algún tipo de vértigo, sabiendo que al mínimo resbalón podía despeñarse.
Abrió sus brazos en cruz y echó la cabeza hacia atrás, llenando su pecho con el aire infinito del firmamento. Muchas veces cuando hacía esto su libido se encendía al máximo, quizás por la mezcla de locura, vértigo y libertad que la invadía cuando hacía estas cosas. Esta vez simplemente se sintió libre, como un libro sin escribir. Bajó la cabeza y arrugó las rodillas, acurrucándose sobre sí misma. Se dió a sí misma un beso en la rodilla; porque podía, porque se quería, quizá porque nunca nadie le había dado un beso en la rodilla y ya nadie más iba a poder hacerlo.
Flexionó las rodillas, tomando impulso, ya había asumido que para sus hijos sería la misma tragedia que la fusilaran que encontrarla hecha un guiñapo en la acera, así que lo hizo, porque así al menos se sentía más ella misma. Saltó, intentando llegar lo más lejos posible. Para ser sinceros, siempre se había imaginado que en su último vuelo daría volteretas y cosas así para al menos aprovecharlo, pero fue demasiado rápido y su estómago encogido no se lo permitió.
Demasiado rápido.
domingo, 6 de abril de 2014
La noche inmortal
¿Cómo podría hablaros de lo distinta que me sentí aquella noche de San Juan?
La noche era tan oscura que parecía que se abalanzaba sobre nosotros, los que la habíamos combatido con hogueras encendidas; nos acariciaba la noche con su negrura finalmente ganadora. La arena nunca había sido tan suave, las olas nunca nos habían mecido tan plácidamente, las estrellas fugaces nunca habían sido tan brillantes mandándonos guiños desde las alturas. Y yo estaba ahí, con el sentido algo embotado gracias a la cerveza ya no tan fría, rodeada de los cuerpos que yacían en el sueño de los que se han emborrachado con alcohol y con amor. Ya solo quedaban ascuas de madera, cenizas y restos de apuntes chamuscados en los agujeros negruzcos de esas grandes hogueras, y yo caminaba entre ellas, sintiéndome única porque el mundo era totalmente mío cuando todos los demás estaban soñando. Con mi vista mareada, contemplaba cómo mis pies se hundían en la arena que me hacía cosquillas, para volver a salir al dar el siguiente paso. Veía formarse la espuma del mar cuando chocaba contra la orilla, y me pareció absolutamente preciosa la forma en la que todo brillaba gracias a la luz tranquila de los astros nocturnos. Cerré los ojos y sonreí. Y me sentí infinita. Como si al fin tuviera concordancia con algo y ese algo fuera yo en el Universo.
Cuando al fin mis párpados ascendieron, frente a mi cara estaba la luna, más blanca que nunca. Le mandé un beso por guapa, y porque estaba borracha y podía hacer lo que quisiera. Me pareció gracioso lo mucho que me estaba gustando aquella luna, es decir, todos los poetas le han escrito poemas a la luna llena. La luna llena siempre había movido algo dentro del ser humano: ya fuera para sacar a la bestia que llevaran dentro, ya fuera para enviarle los besos que querrían darle a su amor imposible.
Y por eso me parecía gracioso que me gustara tanto aquella luna: mi luna estaba en cuarto creciente. A lo mejor en aquel entonces me sentía identificada con ella porque yo también estaba incompleta porque alguien hubiera ocultado algunas partes de mí. Si lo pienso bien, es muy fácil que me identificara con aquella luna porque la luna es como los humanos: a veces está entera, a veces está oculta, siempre es bonita aunque tenga cráteres. Porque está en eterna expansión, hasta llegar a su punto álgido, para luego volver a la decadencia. Las fases de la felicidad son cíclicas y las de la luna también lo son, en cierto modo tenemos ese parentesco con todo lo demás. Empecé a pensar mirando aquella luna, que ya que siempre me iba a llegar la felicidad, siempre podría dar lo mejor de mí al mundo. Supongo que por eso los astronautas se decidieron a viajar hasta allí, para ver si allí encontraban el sentido de su vida.Aquella noche, mirando una luna y deseando ser un perro para aullarle, pensé que si yo lo había encontrado con solo mirarlo, ellos también debían de haberlo encontrado y que por eso seguían mejorando las cosas, para que el resto del mundo también pudiera ir a la luna para saber quiénes eran.
Y no divagué solamente sobre eso. Y posiblemente no me acuerdo de todo lo que divagué. Y posiblemente vosotros os aburriríais escuchando la mitad de todas las divagaciones que recuerdo pero que me hacen sentir viva.
lunes, 31 de marzo de 2014
''¿Hay algo más triste que un pájaro enjaulado?''
Yo era parte de la tierra,
me convirtieron en alambre
y ahora mi función
es encerrar un fiambre.
Un fiambre que canta,
que pía, que siente.
Que ya no puede volar,
dentro de su recipiente.
Y de repente no hubo más cantos,
sacaron de mi vientre al pájaro,
con el sonido de algunos llantos.
Como el viento que no llegó sus alas a herir,
vaciada me dejaron
¿y esque acaso me inventaron
porque siempre tiene alguien que sufrir?
Rigor vitae
Los habitantes del mojado planeta Ung no eran más que una especie casi extinta de algas que tenían unas capacidades que podríamos catalogar de alucinantes. Exactamente por esas capacidadeds eran de las únicas criaturas que habían continuado con vida hasta después de la Gran Catástrofe, a pesar de que, cuando todavía quedaba más de una raza en Ung, estas algas eran consideradas seres inferiores. Eran un tipo de alga escamosa azul cuyo único cometido en la vida era mecerse en el mar, siempre soñando con el lenguaje... De hecho, solían pasar los días pronunciando palabras al azar solo porque les hicieran cosquillitas en las branquias o les hicieran retumbar su cuerpo gelatinoso. Su virtud, la que les había salvado de la catástrofe que dejó a Ung en ruinas, era que cada vez que había más de tres de esas alguitas, y siempre que fueran capaces de recordar las tres el mismo poema, podían volar hacia donde quisieran, mientras sus diminutas voces recitaran al unísono. Y hoy os quiero contar la historia de tres de esas alguitas y del viaje tan enorme que dieron hasta llegar a nuestra Tierra, solo que unos cuantos millones de años más atrás de lo que estamos ahora.
Nuestras algas azules se llamaban Zafirenze, Añíleo y Cerúlian. Como es normal, todas las algas tenían nombres palpitantes y cargados de vida, y tenían los ojos garzos. Estos tres alguitos, porque eran macho, se conocían desde hacía infinitos lustros, tanto es así, que podían conocer perfectamente cientos de miles de poemas, no solo de su planeta, sino de los planetas de alrededor que poseían vida.
Zafirenze estaba especializado en vocalizar los sentimientos que mostraban las arenas de los desiertos; le parecían las más hermosas, y podía pasarse horas hablando de la cotidianidad que escribían las dunas y de las épicas gestas que narraban las tormentas de arena. Todas esas historias se borraban rápido en sus respectivos planetas, pero no se iban tan rápido de la memoria de Zafirenze.
Por el contrario, Añíleo se mostraba más inclinado a escuchar, más que a ver, y por eso le encantaban pasarse horas con los ojuelos cerrados escuchando todos los lamentos, las alegrías y los entusiasmos de cualquier ser del Universo. Para él, cualquier sentimiento, viniese de la raza que viniese (¡incluso aunque viniese del clamor jubiloso de unos reptiles que ya tienen presa!) era poesía.
La historia de Cerúlian era un poco más complicada, pues es la que unió a las tres algas. Resulta que Cerúlian, cuando surgió del suelo, no era como el resto de algas azules. A él, no le gustaba el lenguaje, por mucho que sus compatriotas se esforzaran en que él captara la belleza. Siempre estaba solo. Siempre, hasta que un día Zafirenze y Añíleo se acercaron hasta él. No le contaron poemas, pero nadaron a su lado mucho tiempo, ante la atenta y escrupulosa mirada de un Celúrian tal vez un poco miedoso. Las dos algas nuevas no hablaban entre ellas, sino que parecía que cantaran, y esto a nuestra alguita le gustó, y les pidió que les enseñaran a tonada. Con ella, las tres se pusieron a volar, aunque no fuera estrictamente un poema. Volaron durante bastante tiempo, siempre con las alas del lenguaje musical, siempre sintiendo esas seis o siete notas en su piel, tarareando con todas y cada una de sus ciento setenta y ocho boquitas. Volaron y volaron hasta que empezaron a cansarse, y entonces se dirigieron hacia el planeta más cercano para descansar. Se trataba de un planeta recubierto de agua y humo marrón. No parecía que hubiera nada vivo en él, así que fueron hacia las partes terrestres para explorarlo.
Encontraron algo en el primer suelo que pisaron. Era una especie de rectángulo duro lleno de otros rectángulos, muy muy finos, que estaban recubiertos de garabatos. Zafirenze fue quien lo cogió, y no puedo entender nada, pensó que sería algo decorativo, así que se lo tiró a Cerúlian para que le echara un vistazo.
Allí fue donde Cerúlian aprendió que sí amaba el lenguaje, solo que el que amaba era el lenguaje de unas criaturas extintas. Un lenguaje escrito, que sus ojos podían descifrar y leer al resto de algas que no podían. En cuestión de segundos el mundo se abrió ante sus ojos, su vida cobró un sentido se sintió como en la cima de una montaña libre... Y de repente se despeñó: su maravilla era finita.
En aquel planeta habían muerto todos menos los poetas... ¡y ni siquiera ellos sobrevivieron enteros!
Nuestras algas azules se llamaban Zafirenze, Añíleo y Cerúlian. Como es normal, todas las algas tenían nombres palpitantes y cargados de vida, y tenían los ojos garzos. Estos tres alguitos, porque eran macho, se conocían desde hacía infinitos lustros, tanto es así, que podían conocer perfectamente cientos de miles de poemas, no solo de su planeta, sino de los planetas de alrededor que poseían vida.
Zafirenze estaba especializado en vocalizar los sentimientos que mostraban las arenas de los desiertos; le parecían las más hermosas, y podía pasarse horas hablando de la cotidianidad que escribían las dunas y de las épicas gestas que narraban las tormentas de arena. Todas esas historias se borraban rápido en sus respectivos planetas, pero no se iban tan rápido de la memoria de Zafirenze.
Por el contrario, Añíleo se mostraba más inclinado a escuchar, más que a ver, y por eso le encantaban pasarse horas con los ojuelos cerrados escuchando todos los lamentos, las alegrías y los entusiasmos de cualquier ser del Universo. Para él, cualquier sentimiento, viniese de la raza que viniese (¡incluso aunque viniese del clamor jubiloso de unos reptiles que ya tienen presa!) era poesía.
La historia de Cerúlian era un poco más complicada, pues es la que unió a las tres algas. Resulta que Cerúlian, cuando surgió del suelo, no era como el resto de algas azules. A él, no le gustaba el lenguaje, por mucho que sus compatriotas se esforzaran en que él captara la belleza. Siempre estaba solo. Siempre, hasta que un día Zafirenze y Añíleo se acercaron hasta él. No le contaron poemas, pero nadaron a su lado mucho tiempo, ante la atenta y escrupulosa mirada de un Celúrian tal vez un poco miedoso. Las dos algas nuevas no hablaban entre ellas, sino que parecía que cantaran, y esto a nuestra alguita le gustó, y les pidió que les enseñaran a tonada. Con ella, las tres se pusieron a volar, aunque no fuera estrictamente un poema. Volaron durante bastante tiempo, siempre con las alas del lenguaje musical, siempre sintiendo esas seis o siete notas en su piel, tarareando con todas y cada una de sus ciento setenta y ocho boquitas. Volaron y volaron hasta que empezaron a cansarse, y entonces se dirigieron hacia el planeta más cercano para descansar. Se trataba de un planeta recubierto de agua y humo marrón. No parecía que hubiera nada vivo en él, así que fueron hacia las partes terrestres para explorarlo.
Encontraron algo en el primer suelo que pisaron. Era una especie de rectángulo duro lleno de otros rectángulos, muy muy finos, que estaban recubiertos de garabatos. Zafirenze fue quien lo cogió, y no puedo entender nada, pensó que sería algo decorativo, así que se lo tiró a Cerúlian para que le echara un vistazo.
Allí fue donde Cerúlian aprendió que sí amaba el lenguaje, solo que el que amaba era el lenguaje de unas criaturas extintas. Un lenguaje escrito, que sus ojos podían descifrar y leer al resto de algas que no podían. En cuestión de segundos el mundo se abrió ante sus ojos, su vida cobró un sentido se sintió como en la cima de una montaña libre... Y de repente se despeñó: su maravilla era finita.
En aquel planeta habían muerto todos menos los poetas... ¡y ni siquiera ellos sobrevivieron enteros!
martes, 25 de marzo de 2014
Físicamente hablando.
Quería escribir una gilipollez que no me cabía en un tuit, así que aquí va xD
Todos tenemos defectos,y están presentes en nuestra vida en mayor o menor medida, de forma que hay gente que sabe convertir los defectos en bromas y gente que sabe convertirlos en complejos. Ante esto, lo que quiero decir es que la gente no te aprecia por tu normalidad o por lo mucho que te parezcas a un estándar agradable a la vista o al oído; opino que la gente quiere a las personas por sus distinciones. ¿Te reconocen porque eres la chica que lleva el pelo como las otras mil o porque tienes la nariz pequeña? El individuo quiere al individuo, y aunque sí que considero necesarias nociones básicas de educación y respeto, no comparto el criterio que tenéis sobre ser perfectos para el resto. Enorgullécete de tus rodillas torcidas, de tu culo de foca o de tus costillas como jaulas. Enorgullécete de aquello que no puedes o no quieres cambiar, porque cada uno tenemos unas convenciones propias sobre el físico.
jueves, 13 de marzo de 2014
La tortura de lo imposible.
Al menos en el pasado se inventaron un Pastor para que nos guiara, para que no nos perdiéramos y supiéramos a quién acudir cuando tuviéramos dudas, para saber que teníamos la obligación de seguir adelante aunque el camino pareciera inhabitable, peligroso o incluso vacío. Se inventaron la ilusión de alguien que llevaba un faro en una mano y que con la otra nos apretaba la mano para infundirnos algo de valor porque cada uno de nosotros es maravilloso e inimitable y merece ese valor solo para sí mismo, y que nos guiaba por todos esos parajes con una sonrisa hasta que llegara la Muerte a saludarnos. Pero la verdad es que ahora no somos más que un montón de ovejas descarriadas que no saben qué hacer, adónde ir, o si siquiera merece la pena tener objetivos. Somos la sociedad en declive que no sabe ponerse de acuerdo para conseguir sobrevivir.
Es triste la condena humana de la imaginación, ¿verdad? Todo el día soñando, pensando, realizando con nuestra mente cosas imposibles tanto despiertos como dormidos. Todo el día inventando cosas que podrían ser nuestras, que no lo son, pero que sí lo son porque al menos tienen un poco de realidad en nuestra mente. Al menos, la suficiente realidad como para volvernos locos. Como para añorar algo que nunca hemos visto. Algo que nunca hemos sentido, o que quizás hemos sentido demasiado y por eso estamos enganchados. Una vez dijeron que solo éramos una especie avanzada de primates, pero que aún así éramos capaces de conocer todos los confines del Universo... Pero, ¿en qué nos convierte eso? ¿Somos dueños de algo solamente por entenderlo? ¿Nuestra existencia tiene acaso un poco más de sentido por el hecho de que podamos analizar? ¿O sentir?
Creo que el sentir es lo único que nos puede salvar de la misma vida. También se dijo que el hombre era el único animal que sabía que se estaba muriendo, que esa era la tragedia de nuestra vida.
Si tenemos que evadirnos de algo inherente a nuestra existencia, ¿por qué no hacerlo con algo que sea también inherente a nuestra existencia?
Si me muero, amo, y ya no sé que me muero.
Si amo, me da igual morir, porque es por algo.
Si no amo, lucho por morir más rápido.
Si amo, ya no quiero morir, y me follo a la Vida.
Si no amo, me follo a la Muerte.
Si voy a morir tarde o temprano, al menos sobrevivamos jugando.
El ser humano busca continuamente su sentido. Somos tan estúpidamente subjetivos, tan ridículamente trascendentales, que podríamos encontrar la agonía humana hasta al ver una piedra. Y aún así luchamos por seguir vivos. Porque el gen egoísta de Dawkins nos dice que la raza ha de seguir. Y nosotros, otra vez estúpidamente trascendentales, pensamos que es porque hay esperanza, que continuaremos, que encontraremos algo mejor; que si la vida siempre cambia, significa que habrá momentos geniales aunque ahora estemos mal. Que podemos salvar el planeta. Que podemos pasear por el Universo. Que podemos encontrar a otros que nos salven. Que podemos salvarnos a nosotros mismos. Que a lo mejor es verdad que estamos aquí por algo. ¡¡Que de verdad existe un camino que seguir!!
Y aquí acaba mi torrente de palabras tan vacías y tan llenas como otras cualquiera.
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